NUESTRA HISTORIA DEL DOBLAJE (I): Partir de cero

Todas las historias tienen un principio. La del doblaje también. Cuando en 1895 el cinematógrafo Lumière se puso en marcha por primera vez en París, fue el momento en que el contador del doblaje empezó a correr a la par. No podemos entender la historia de este arte sin explicar antes la del cine porque la vida de uno fue el desencadenante de la del otro. En esta tanda de artículos conoceremos cuáles fueron los orígenes de una profesión hasta entonces inexistente, los motivos por los que surgió, en qué condiciones y la manera en que ha evolucionado. Una historia contada desde el primer ladrillo.
ANTES DEL DOBLAJE

Con la llegada del siglo XX surge una nueva industria: el cine. En aquellos inicios del cine, todavía mudo, los actores no tenían otra manera de expresarse más que con sus gestos y su rostro, sin embargo, dos figuras se sumaban a la sala de proyección que completaban el alma de la película: una fundamental, que era el músico o la banda, encargados de acompañar a los instrumentos la animación de la escena; y otra eventual, a quien en España se le llamó por aquel entonces explicador, cuya tarea era la de traducir los intertítulos que aparecían en la pantalla (normalmente del inglés) al idioma de los espectadores e ir contando el hilo argumental con un cierto dramatismo para introducir al público en la historia. Algunos era también los charlatanes que anunciaban en la puerta a viva voz los títulos que se iban a exhibir en los próximos pases.

En nuestro país, se sabe de los explicadores desde 1901. Recordaba Azorín en el libro El efímero cine a Julio Salcedo, Juliano, trabajando de explicador en un cine próximo a su casa. Hoy contamos con uno de los pocos testimonios que han llegado hasta nosotros de uno de estos profesionales, el de Pérez, el explica, el comentarista por excelencia de las salas de Bilbao. Hablaba así Eduardo Pérez de sus añorados tiempos de trabajo:

“Veía las películas por las tardes para explicarlas por las noches al público”. “La explicación resultaba siempre distinta porque salía a decir lo que se me ocurría, siguiendo, claro está, una misma ilación”. “En muchas películas bisadas, los diálogos que fingía, llegaba, incluso, a hacerles coincidir con el movimiento de los labios de los actores”. —Estampa, 28 feb. de 1931—

PÉREZ el explica
Eduardo Pérez, el explica de Bilbao, en 1931.

Debido al nivel profundo de analfabetismo de la época, en muchos países, no sólo en España, apareció el explicador. En Japón, por ejemplo ,eran conocidos como benshi y se distinguían por la flor gigante en el ojal de su chaqueta y su bigote encerado. Su popularidad era tal que, habiéndose instaurado ya el cine sonoro como alternativa clara en el resto del mundo, allí aún prevalecían. Un dato: de las 400 películas que se estrenaron en Japón en 1932 (veremos que ya incluso se doblaba en Europa), únicamente 45 eran sonoras. En toda una treintena fueron auténticos héroes para los espectadores, pero era cuestión de tiempo que éstos migrasen a las salas donde el sonido era una realidad, desembocando en la lógica desaparición del explicador. Desesperado en un momento en que empezaba a escasear el trabajo, el benshi Heigo Kurosawa (hermano del cineasta), llegó a suicidarse, como hicieran ciertas estrellas del cine mudo que no supieron reciclarse en un ambiente de cambio.

En otros lugares se dieron otro tipo de ocurrencias como intento para sonorizar películas: en Brasil aparecieron las cantatas de fitas, operetas con los cantantes interpretando detrás de la pantalla. Era una forma de enriquecer los gestos de esos actores mudos, aunque claro está que se tomaban la licencia de convertir todo al musical…  Un experimento que recuerda a lo que en 1908 hiciera en Barcelona un grupo de explicadores y actores poniendo voz (también tras la pantalla) a los personajes de la comedia Los competidores. Se inventaron unos diálogos que ajustaron al movimiento de las bocas de los protagonistas. Esto se recuerda como un éxito que repitieron por varios sitios de España.

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Un espectáculo de “benshi” moderno. Su actividad no ha desaparecido del todo.

Hagamos un paréntesis. Estamos viendo que desde la invención del séptimo Arte, hay un ánimo fehaciente y masivo por convertir lo que es silente en algo dotado de sonido y que llegue a la comprensión de todos. Los intentos precoces de sonorización con los instrumentos en la propia sala de proyección y las interpretaciones superpuestas por los explicadores, que incluso sincronizaban su habla con la boca en pantalla, son el reflejo antiguo de lo que hoy conocemos por banda sonora y doblaje. Es natural que el sonido surgiera de donde no lo hubiese porque, sencillamente, lo necesitamos.

Es así que en 1926 se produce un hecho que marcaría un punto de inflexión: Don Juan es la primera película en incluir banda sonora. Esto no sólo supuso el despido de músicos de todas las salas de cine del mundo, que se había convertido en una profesión en sí misma, sino la demostración de que el cine había llegado a ser algo más que imagen. Este avance dio pie a que un año después se incorporasen diálogos en El cantor de jazz, primera cinta hablada de la historia. Fue una verdadera revolución. Para algunos, una maravilla del progreso; para otros, un paso atrás para la narración llevada al arte que consiguió el cine mudo. Lo que estaba claro es que ya nada volvería a ser igual.

El sonido y los diálogos serían la diana a la que todos los productores de Hollywood estaban apuntando y gastaron fortunas en ayudar a los cines a instalar equipos reproductores que antes jamás hicieron falta. Aquellas primeras cintas tendrían una acogida muy positiva en los mercados angloparlantes pero ¿y fuera?

¡Fuera, fatal! Europa era la principal consumidora de cine norteamericano y ahora sus productos no se veían por desconocimiento de la lengua en la que venían. Ya no existían los explicadores, y aunque lo hicieran, no se les escucharía hablar en la sala ni podrían ir tan rápido con tanto personaje, luego la solución debía ser otra. Observa la fotografía:

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“¡De frente, marchen!” (1930) protagonizada por las estrellas Buster Keaton y Conchita Montenegro. Ejemplo de película de doble versión hablada en español.

Es el programa de mano de la proyección de ¡De frente, marchen! (1930), protagonizada por el rey del burlesque, Buster Keaton. Se trata de una de las denominadas dobles versiones o versiones multilingües. Lo que Hollywood pensó realizando las dobles versiones fue en aprovechar la infraestructura, los decorados, mantener el guion, etc, de una producción rodada en inglés para después grabarla, lo más parecida posible, con otros actores en el idioma oportuno para cada mercado. Pero el público no se sentía conforme con esa sustitución. Ellos estaban acostumbrados a ver a sus estrellas habituales de muchos años y no querían a extraños en sus pantallas. Por eso hubo rarezas como ésta de Buster Keaton, que era un rostro conocido, hablando español para levantar las taquillas de España e Hispanoamérica. Mira en el siguiente vídeo cómo el Gordo y el Flaco también se adentraron en nuestro mercado hablando español con un gracioso acento inglés (momento 2:40 del vídeo):

Los Hal Roach Studios fueron quienes iniciaron esta moda de las grabaciones en distintos idiomas. Decía esto su presidente ante la oportunidad de negocio que vio:  

“Las producciones multilingües nos tomaban un mayor tiempo de realización, pero implantamos sin dudar la instalación de los distintos departamentos de español , alemán y francés en el estudio. Nos costó tres veces más, pero queríamos hacer lo correcto”.

Sin embargo, lo malo era el ritmo lento de grabación. Tras cada escena rodada habían de entrar los nuevos actores y repetirla en su lengua, de tal manera que se tardaba más de un año en realizar una producción. El editor Richard explicaba qué sucedía cuando utilizaban los mismos actores para todas las versiones de la cinta:

“Para cada escena era probable que cada actor necesitase media hora de ensayo con su asesor para practicar el idioma”.

Se daban, además, una serie de acentos que no fueron bien recibidos por los espectadores. Ya hemos visto cómo en el extracto de la película a los actores casi ni se les entiende y usan expresiones como “¡Ándale!” y “enojado” que España, por ejemplo, no empleamos. Esto repercutía en la taquilla, sumado a los tiempos que requerían estas dobles versiones y los desembolsos extra para contratar actores y asesores, llevaron a la industria a la extinción. El cine como tal siguió, como es evidente, pero tuvo que buscar una nueva vía de subsistencia en Europa. Fue entonces cuando de los laboratorios de Paramount Pictures nacería la solución definitiva a este gran quebradero de cabeza: lograron separar la banda de imagen del metraje de la de sonido, pudiendo grabar sobre ésta última una nueva aportación de diálogos. A esta práctica se denominó doblaje y marcaría un antes y un después en la industria cinematográfica, pero… ¡ya te lo contaré!

—Diego García Castillo, 8 de enero de 2016—

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